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El Ajolote, la Historia De Una Sonrisa Que Resiste

1/31/2026

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​En los antiguos canales de Xochimilco, cuando el agua era clara y la vida fluía en silencio, existía un ser que parecía sonreírle al mundo. Los pueblos mexicas lo llamaron axōlōtl, una deidad que, según la leyenda, se transformó para no desaparecer. Así nació el ajolote, un anfibio endémico de México, único en el planeta y profundamente ligado a nuestra historia.

Durante siglos, el ajolote habitó los lagos y canales rodeados de chinampas, en un ecosistema delicado pero equilibrado. Nadaba lentamente entre la vegetación, se alimentaba de pequeños insectos y se encontraba refugio en aguas frías y limpias. Su presencia era discreta, pero esencial.

Más allá de su apariencia simpática y su eterna sonrisa, el ajolote guarda uno de los secretos más extraordinarios de la naturaleza: la capacidad de regenerar partes de su cuerpo. Puede volver a formar extremidades, órganos internos e incluso partes del corazón y del cerebro. Esta habilidad lo ha convertido en un organismo clave para la ciencia moderna, estudiado en laboratorios de todo el mundo por su potencial en la medicina regenerativa y la comprensión de cómo sanar tejidos humanos.

Sin embargo, el hogar del ajolote comenzó a transformarse. A mediados del siglo XX, llegaron a Xochimilco especies que no pertenecían a ese ecosistema. Algunos peces japoneses, como los peces dorados (carassius), fueron liberados en los canales como regalos simbólicos o actos bien intencionados. Más tarde, se introdujeron carpas y tilapias con fines de pesca y consumo.

Estas especies, más grandes y agresivas, alteraron el frágil equilibrio, compitiendo por el alimento y comenzaron a devorar los huevos y crías del ajolote, dejándolos en una posición de extrema vulnerabilidad. El ajolote, lento por naturaleza, no pudo adaptarse a esta invasión.

Al mismo tiempo, el lirio acuático, introducido como planta ornamental, se propagó sin control. Cubrió la superficie de los canales, bloqueó la entrada de luz y redujo el oxígeno del agua. Lo que alguna vez fue un hogar fértil y vivo se volvió turbio y asfixiante.

Poco a poco, el silencio se hizo más profundo para nuestros ajolotes y hoy se encuentra en peligro crítico de extinción en su hábitat natural. Quedan muy pocos en vida silvestre, y su desaparición no significaría solo la pérdida de una especie, sino la de un símbolo de mexicano, resiliente, silencioso y sonriente incluso en la adversidad.

La historia del ajolote nos recuerda que decisiones aparentemente pequeñas como liberar una especie exótica o introducir una planta ornamental pueden tener consecuencias irreversibles. Pero también nos habla de esperanza.
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Proteger al ajolote es proteger Xochimilco. Es cuidar nuestra biodiversidad, nuestra cultura y el conocimiento que aún puede ofrecernos. Porque mientras existe un ajolote nadando en estos canales, aún hay tiempo para corregir el rumbo y preservar una parte viva de nuestra historia, además del aporte científico que puede aportar a la humanidad.

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El pinole, maíz convertido en memoria

1/29/2026

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​Hablar con los comerciantes del mercado es aprender de su sabiduría. Cada puesto guarda historias, recetas y memorias que no se encuentran en los libros, sino en la voz de quienes han heredado su oficio.

Ayer, mientras caminaba por un mercado sobre ruedas, me encontré con un pequeño puesto de pinole. Bastó verlo para que mi memoria viajara de inmediato a la infancia: a las visitas a casa de mi abuelita, cuando la veía moler el maíz en un pequeño molino sujeto a la mesa. De ahí salía una harina tibia y aromática que tostaba y mezclaba con canela o convertía en un atole delicioso, cuyo sabor aún hoy despierta y sublima mis sentidos.


También recordé las veces que acompañaba a mi madre al mercado. De vez en cuando me compraba pinole; no era algo habitual, y quizás por eso se sentía como un regalo especial. Lo disfrutaba sin saber entonces que estaba probando un sabor ancestral, cargado de historia.

Al volver al presente, frente a ese puesto, platicando con el señor que lo atendía no solo vendía pinole: ofrecía nostalgia, recuerdos y tradición. Me convenció con una frase sencilla y honesta:
"Está recién hechecito", me dijo con una sonrisa. Ese fue el rompehielo para convencerme y preguntar por el precio.

Mientras me daba el precio, orgulloso de su producto, me contó que esta mezcla de maíz tostado y molido con canela ha sido consumida desde tiempos remotos. Los pueblos originarios tostaban el maíz al amanecer, lo molían en metate y lo mezclaban con cacao, canela o anís. No era solo alimento: era energía para el camino, sustento para jornadas largas, compañía para el cuerpo y fortaleza para el espíritu.

Los rarámuri lo llevaban en pequeñas bolsas de cuero cuando corrían por la sierra; con solo un puño de pinole y un poco de agua podían recorrer kilómetros. Era ligero, nutritivo y poderoso. En las cocinas, las mujeres, como mi abuelita lo preparaban con paciencia, cuidando que el maíz no se quemara, porque el pinole guarda la memoria de quien lo hace.

El señor me explicó que puede disolverse en un vaso de agua o de leche, espolvorearse sobre fruta, mezclarse con yogur o convertirse en atole. Pero luego añadió algo más profundo:

El pinole no es solo alimento para disfrutar, me dijo "Nos recuerda de dónde venimos porque los mexicanos somos hijos e hijas del maíz". Es maíz convertido en polvo, alimento historia hecha. Una tradición sencilla que sigue viva, pasando de mano en mano, de generación en generación.

Hoy, al disfrutar su riquísimo sabor, no solo recordaré mi infancia; También estaré honrando y reforzando una tradición milenaria que sigue latiendo en los mercados, en las cocinas y en la memoria colectiva de nuestro pueblo.

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​El Museo Nacional de Antropología: memoria viva de México

1/26/2026

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​​El Museo Nacional de Antropología fue inaugurado el 17 de septiembre de 1964, durante el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, como un proyecto cultural emblemático destinado a resguardar, estudiar y difundir el vasto patrimonio arqueológico y etnográfico de México. Desde su origen, el museo se concibió no sólo como un espacio de exhibición, sino como un símbolo de identidad nacional y de reconocimiento a las culturas que han dado forma al país.
​El museo se encuentra ubicado dentro del Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México, una de las zonas verdes e históricas más importantes de la capital. Su arquitectura, diseñada por Pedro Ramírez Vázquez, es reconocida a nivel mundial, especialmente por su patio central y las monumentales “paraguas”, una fuente sostenida por una sola columna que representa la fuerza y ​​continuidad de las culturas mesoamericanas.
​El recinto alberga 23 salas permanentes, distribuidas en dos niveles. En la planta baja se presentan las salas arqueológicas, dedicadas a las grandes civilizaciones prehispánicas como la olmeca, maya, mexica, teotihuacana, zapoteca y tolteca. Aquí se exhiben piezas icónicas como la Piedra del Sol, las cabezas colosales olmecas, los atlantes de Tula y esculturas, cerámicas y objetos rituales que narran la historia del México antiguo.
​La planta alta está dedicada a la etnografía, donde se da voz a los pueblos indígenas contemporáneos. A través de textiles, instrumentos, arte popular, rituales, cosmovisiones y formas de vida, estas salas muestran que las culturas originarias no pertenecen solo al pasado, sino que siguen vivas y en constante transformación.
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​El museo está bajo la tutela del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), institución responsable de la investigación, conservación y protección de las piezas en exhibición. El INAH ha recopilado estos objetos a lo largo de décadas mediante excavaciones arqueológicas científicas, investigaciones de campo, rescates patrimoniales y, en algunos casos, recuperaciones y donaciones, siempre con el objetivo de preservar el patrimonio cultural de la nación y evitar su saqueo o tráfico ilegal.
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Un recorrido completo por el museo puede tomar entre todo el dia, dependiendo del interés del visitante, aunque muchos optan por visitarlo en varias ocasiones debido a la amplitud y riqueza de sus colecciones.

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​El costo de entrada general es de $95 pesos mexicanos. La entrada es gratuita los domingos para visitantes nacionales y también para niñas y niños menores de 13 años, estudiantes, maestros, personas adultas mayores, personas con discapacidad y pueblos indígenas, como reconocimiento y respeto a las comunidades originarias cuya historia y cultura dan sentido al museo.

El Museo Nacional de Antropología es, en esencia, un espacio donde el pasado dialoga con el presente, y donde México se reconoce a sí mismo a través de sus raíces más profundas.
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Morelia volvió a vivir la Cabalgata de los Reyes Magos

1/6/2026

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​La tarde del lunes 5 de enero, Morelia se dejó envolver por una de sus tradiciones más entrañables. Conforme el sol comenzaba a ocultarse, cientos de familias se reunieron por el camino del Santuario del Santo niño de la Salud hasta el Centro Histórico con la emoción de vivir, la magia de la Cabalgata de los Reyes Magos.

No era únicamente un desfile. Era un acto colectivo de fe, memoria y esperanza. Después de una misa solemne, desde el Santuario del Santo Niño de la Salud, punto de partida de la cabalgata, la celebración recordó su origen espiritual: la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús, símbolo de humildad, búsqueda y ofrenda. Para muchos padres, era también una forma de transmitir a sus hijos el sentido profundo de esta tradición, donde la ilusión infantil convive con la espiritualidad y la religión.


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​La cabalgata avanzó entre aplausos, música y la emoción de ver a Melchor, Gaspar y Baltazar. Los niños seguían cada carro alegórico, cada saludo real, cada gesto que parecía confirmar que la magia todavía existe. Algunos sostenían sus cartas con cuidado; otros ya imaginaban los regalos, pero todos compartían algo muy valioso, la experiencia de convivir en comunidad.

El recorrido culminó frente a la Catedral de Morelia, donde un escenario les esperaba. En el escenario final, además del concierto con música alusiva al nacimiento del Niño Jesús y al viaje de los Reyes Magos, se presentó de manera gráfica la historia de Melchor, Gaspar y Baltazar. A través de imágenes, escenografía y recursos visuales pensados ​​para los más pequeños, se narró su travesía guiada por la estrella de Belén, convirtiendo el cierre del evento en una lección viva de fe, tradición y cultura.

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​​Un relato visual en el escenario permitió que niños y adultos comprendieran y recordaran el significado profundo de la celebración, haciendo del escenario un espacio donde la catequesis se encontró con el arte y la fiesta popular dando énfasis que el regalo más que lo material es un símbolo de humildad.
Se repartió rosca de Reyes, símbolo de unión y de compartir en familia. Los niños recibieron coronas, grabándoles que esa noche todos eran parte del reino de la imaginación. También se entregaron hojas decoradas para escribir o dibujar sus cartas a los Reyes, un ritual que mantiene viva la ilusión y fortalece el vínculo entre generaciones.


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La presencia del arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, acompañado del presidente municipal Alfonso Martínez Alcázar, representó la fusión entre fe y vida y reforzó el mensaje de que estas celebraciones no son sólo eventos culturales, sino espacios donde la ciudad reafirma sus valores, su identidad y su fe. En Morelia, la Cabalgata de Reyes es un puente entre el pasado y el presente, entre la espiritualidad y la vida cotidiana. 

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    Isabel Ramirez

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