Morelia vivió el viernes por la noche uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria de Morelia, Michoacán. El legendario Paquito D’Rivera subió al escenario del Palacio Clavijero y, con su mezcla única de jazz, humor, sensibilidad y virtuosismo, ofreció un concierto que reafirmó por qué el Festival de Música de Morelia Miguel Bernal Jiménez es uno de los encuentros musicales más importantes del país.
Desde su creación en 1989, el festival ha sido un puente entre el patrimonio musical de México y el talento internacional. Nacido para honrar al compositor michoacano Miguel Bernal Jiménez, el FMM creció hasta convertirse en una plataforma que da cabida a orquestas, solistas y ensambles de talla mundial, además de impulsar proyectos educativos y de formación artística. Su misión siempre ha sido clara: llevar música de excelencia a la comunidad y poner a Morelia en el mapa cultural global.
En esa misma visión de encuentro entre historia y creación, el Palacio Clavijero se ha convertido en un anfitrión emblemático. Este edificio barroco del siglo XVII, que alguna vez fue uno de los colegios jesuitas más importantes de la Nueva España, hoy funciona como un centro cultural vibrante donde convergen exposiciones, conciertos y actividades que celebran el arte en todas sus formas. Su patio interior, solemne y luminoso, se transformó en el escenario perfecto para recibir a un artista de la talla de Paquito D’Rivera.
Desde su creación en 1989, el festival ha sido un puente entre el patrimonio musical de México y el talento internacional. Nacido para honrar al compositor michoacano Miguel Bernal Jiménez, el FMM creció hasta convertirse en una plataforma que da cabida a orquestas, solistas y ensambles de talla mundial, además de impulsar proyectos educativos y de formación artística. Su misión siempre ha sido clara: llevar música de excelencia a la comunidad y poner a Morelia en el mapa cultural global.
En esa misma visión de encuentro entre historia y creación, el Palacio Clavijero se ha convertido en un anfitrión emblemático. Este edificio barroco del siglo XVII, que alguna vez fue uno de los colegios jesuitas más importantes de la Nueva España, hoy funciona como un centro cultural vibrante donde convergen exposiciones, conciertos y actividades que celebran el arte en todas sus formas. Su patio interior, solemne y luminoso, se transformó en el escenario perfecto para recibir a un artista de la talla de Paquito D’Rivera.
La velada comenzó con la calidez y el carisma que caracterizan al músico cubano. Acompañado de un ensamble preciso y profundamente conectado, Paquito navegó entre géneros con la naturalidad de quien domina no solo su instrumento, sino también el espíritu del jazz latino. Del bolero al tango, del clásico al afrocaribeño, cada tema fue una historia narrada a través del sonido.
Uno de los momentos más emotivos fue el homenaje a Armando Manzanero. D’Rivera tomó algunas de las melodías más queridas del compositor y las reinventó con arreglos sutiles, llenos de lirismo y sofisticación. La reacción del público fue inmediata: un silencio atento, seguido por una oleada de aplausos que reconoció la belleza del gesto.
Más adelante, una pieza con un arreglo de trompeta inspirado en el tango argentino sorprenderá por su frescura y audacia. Cambios de ritmo, nuevas texturas y pequeñas improvisaciones de Paquito dotaron al tema de un carácter íntimo y vibrante, que arrancó sonrisas, murmullos de admiración y, al final, una ovación sonora.
La química entre el conjunto y D’Rivera fue otro de los grandes protagonistas de la noche. Los diálogos musicales, los solos llenos de imaginación y la energía compartida mantuvieron al público en un estado de asombro constante. Hubo risas espontáneas, aplausos prolongados y varios momentos en los que la audiencia se puso de pie para reconocer lo que estaba viviendo.
En una ciudad que respira historia y música, esta presentación se sintió como un cruce de caminos: la tradición arquitectónica del Palacio Clavijero, la visión cultural del Festival de Música de Morelia y el talento universal de Paquito D’Rivera se encontraron para crear una experiencia irrepetible.
Una noche luminosa que recordó, una vez más, que la música no solo se escucha: se comparte, se aprende y se celebra.