El Eco (2023), de la directora mexicana-salvadoreña Tatiana Huezo, más que un documental, es una experiencia sensorial que nos permite observar la vida en una pequeña comunidad de la Sierra Norte de Puebla desde la mirada de quienes apenas comienzan a descubrir el mundo: sus niños.
Después de construir una de las filmografías más importantes del cine documental latinoamericano abordando la violencia, el desplazamiento y las heridas sociales en obras como Tempestad y Noche de fuego, Huezo da un giro inesperado. En El Eco la violencia no desaparece del todo, pero deja de ser el centro del relato. En su lugar aparecen la tierra, los animales, el viento, las estaciones y el crecimiento de la infancia como fuerzas que marcan el ritmo de la película.
El documental sigue la vida cotidiana de tres familias campesinas sin recurrir a entrevistas, narraciones en off o escenas preparadas. No hay un guión que conduzca la historia; son los propios acontecimientos de la comunidad los que construyen el relato. Esa decisión convierte a la cámara en una observadora paciente que acompaña sin invadir.
Después de construir una de las filmografías más importantes del cine documental latinoamericano abordando la violencia, el desplazamiento y las heridas sociales en obras como Tempestad y Noche de fuego, Huezo da un giro inesperado. En El Eco la violencia no desaparece del todo, pero deja de ser el centro del relato. En su lugar aparecen la tierra, los animales, el viento, las estaciones y el crecimiento de la infancia como fuerzas que marcan el ritmo de la película.
El documental sigue la vida cotidiana de tres familias campesinas sin recurrir a entrevistas, narraciones en off o escenas preparadas. No hay un guión que conduzca la historia; son los propios acontecimientos de la comunidad los que construyen el relato. Esa decisión convierte a la cámara en una observadora paciente que acompaña sin invadir.
Uno de los mayores logros de El Eco es su extraordinaria fotografía, obra de Ernesto Pardo. Cada plano parece captar la inmensidad del paisaje sin perder la intimidad de quienes lo habitan. La cámara permanece a la altura de los ojos de los niños, permitiendo que el espectador experimente el mundo desde su curiosidad y sensibilidad. No es casualidad que este trabajo haya sido reconocido con importantes premios internacionales y con el Ariel a Mejor Fotografía.
Pero si la imagen cautiva, el sonido termina por envolver al espectador. El viento, el crujir de la tierra, el murmullo de los animales y los silencios hablan tanto como los personajes. Tatiana Huezo ha dicho que "el sonido es la mitad de esta película", y basta verla para entender por qué. El diseño sonoro convierte cada escena en una experiencia inmersiva que transmite la sensación de estar básicamente dentro de esa comunidad.
La fuerza de El Eco también reside en la autenticidad de sus protagonistas. Montserrat, Luzma, Sarahí y los demás habitantes no interpretan personajes, simplemente viven con naturalidad su diario vivir, sus tradiciones, sus momentos emotivos que nunca caen en el sentimentalismo ni en la manipulación. La película observa con enorme respeto la forma en que los niños aprenden sobre el trabajo, la enfermedad, el cuidado de los animales, la muerte y la responsabilidad mucho antes de llegar a la adultez, nos muestra el significado para esos niños de aprender a convivir con la pérdida, enfrentar las precariedades, la ausencia del migrante por buscar una "mejor vida", el cariño y el paso del tiempo y lo hace sin discursos grandilocuentes ni dramatismos innecesarios, confiando plenamente en el poder de las imágenes y de la observación.
Sin embargo, la propuesta exige paciencia. Quienes esperan una narrativa tradicional, con conflictos claramente definidos y una estructura dramática convencional, podrían sentir que la relación se dispersa o se vuelve repetitivo en algunos momentos. Pero esa aparente falta de rumbo responde precisamente a la intención de Huezo: retratar el paso del tiempo tal como ocurre en la vida rural, donde los días no avanzan por giros argumentales sino por los ciclos de la naturaleza.
Pero si la imagen cautiva, el sonido termina por envolver al espectador. El viento, el crujir de la tierra, el murmullo de los animales y los silencios hablan tanto como los personajes. Tatiana Huezo ha dicho que "el sonido es la mitad de esta película", y basta verla para entender por qué. El diseño sonoro convierte cada escena en una experiencia inmersiva que transmite la sensación de estar básicamente dentro de esa comunidad.
La fuerza de El Eco también reside en la autenticidad de sus protagonistas. Montserrat, Luzma, Sarahí y los demás habitantes no interpretan personajes, simplemente viven con naturalidad su diario vivir, sus tradiciones, sus momentos emotivos que nunca caen en el sentimentalismo ni en la manipulación. La película observa con enorme respeto la forma en que los niños aprenden sobre el trabajo, la enfermedad, el cuidado de los animales, la muerte y la responsabilidad mucho antes de llegar a la adultez, nos muestra el significado para esos niños de aprender a convivir con la pérdida, enfrentar las precariedades, la ausencia del migrante por buscar una "mejor vida", el cariño y el paso del tiempo y lo hace sin discursos grandilocuentes ni dramatismos innecesarios, confiando plenamente en el poder de las imágenes y de la observación.
Sin embargo, la propuesta exige paciencia. Quienes esperan una narrativa tradicional, con conflictos claramente definidos y una estructura dramática convencional, podrían sentir que la relación se dispersa o se vuelve repetitivo en algunos momentos. Pero esa aparente falta de rumbo responde precisamente a la intención de Huezo: retratar el paso del tiempo tal como ocurre en la vida rural, donde los días no avanzan por giros argumentales sino por los ciclos de la naturaleza.
El Eco nació tras cuatro años de investigación y más de un año de rodaje, un proceso difícil de sostener dentro de una lógica comercial, con el apoyo de maestros de CONAFE, el respaldo de programas públicos como FOCINE y el Sistema Nacional de Creadores permitió desarrollar un proyecto que apuesta por la observación paciente y por un cine profundamente autoral, demostrando la relevancia del financiamiento cultural para que existan obras de esta naturaleza.
Los reconocimientos obtenidos en la Berlinale 2023, donde ganó el Mejor Documental y Mejor Dirección en la sección Encounters, así como sus premios Ariel y distinciones en festivales internacionales, confirman la solidez artística de una película que encuentra belleza en lo cotidiano y dignidad en las pequeñas historias.
Calificación: ★★★★½ de 5
¿Dónde ver El Eco?
La película tuvo un recorrido destacado por festivales internacionales y actualmente puede encontrarse en distintas ventanas de exhibición, como Netflix, dependiendo del país. En México ha formado parte del catálogo de MUBI y también ha tenido funciones especiales en la Cineteca Nacional y en diversos circuitos culturales. Además, ocasionalmente se programa en festivales y cineclubes.
Los reconocimientos obtenidos en la Berlinale 2023, donde ganó el Mejor Documental y Mejor Dirección en la sección Encounters, así como sus premios Ariel y distinciones en festivales internacionales, confirman la solidez artística de una película que encuentra belleza en lo cotidiano y dignidad en las pequeñas historias.
Calificación: ★★★★½ de 5
¿Dónde ver El Eco?
La película tuvo un recorrido destacado por festivales internacionales y actualmente puede encontrarse en distintas ventanas de exhibición, como Netflix, dependiendo del país. En México ha formado parte del catálogo de MUBI y también ha tenido funciones especiales en la Cineteca Nacional y en diversos circuitos culturales. Además, ocasionalmente se programa en festivales y cineclubes.



